Quince minutos hasta la escalera donde habíamos quedado Venancio y yo. Y quince minutos más hasta que llegó y me acompañó al piso de ese par de desconocidos.Tenía el mismo aspecto de alguien a quien nunca verías durante el día. Todo vestido de negro con botas de cuero y el pelo engominado caído sobre la frente. Sin tener en cuenta el reloj de bolsillo que aunque barato siempre hacía las delicias de todos. Y hasta que cayó de espaldas y la aplastó con su propio peso un par de veces, solía llevar una petaca con absenta en el bolsillo de la camisa. De hecho, si ese día la hubiera llevado en ese bolsillo, aún llevaría esa petaca.
Venancio llamó al portero y ellos le abrieron y él les dijo que traía consigo un gitano. Y subimos las escaleras hasta el primer piso.
Los desconocidos bebían algo en un vaso y en la tele apareció un tipo que se parecía a David Carradine y luego una mujer que parecía Uma Thurman y entonces pensé que se trataba de Kill Bill 2.
Venancio me preguntó que si quería algo y le dije que un vaso de agua y él se sirvió un whiskey en su taza de los Power Rangers y le pregunté por el nombre de los dos tipos y me los presentó como Julián y Pankeke. Les miré y no dijeron nada. Parecían conformes. Hice un comentario sin sentido sobre la muerte de Carradine y luego me senté. Carradine, o Bill, decía que su superhéroe favorito era Superman porque se levantaba todas las mañanas como Superman al contrario de otros como Spiderman, que se despertaba siendo Peter Parker, y explicaba como Clark Kent, alter ego de Superman era, en realidad, una crítica, su crítica, la crítica de Superman, de toda la raza humana, cuando me vibró el culo y descubrí una mochila con un teléfono móvil dentro y entonces el tipo que no había expresado ninguna queja acerca del apelativo de Pankeke dijo que era el suyo y aquel a quien Venancio había bautizado como Julián nos comunicó que era hora de irnos.
Sin más salimos uno por uno por la puerta, con Venancio a la cola. Unos tíos nos esperaban abajo, en un coche. Les pregunté sus nombres y les dije el mío y les avisé de que era bueno que lo supiéramos por si había algún accidente y me pidieron que no les denunciase en caso de parálisis y me dijeron sus nombres y me pareció que estaban siendo sinceros. El primer problema que se nos presentó esa noche fue la cuestión del espacio. No cabíamos todos en el coche, éramos seis personas y no había suficientes asientos para todos, así que Julián se metió en el maletero y parecía que habíamos encontrado una solución pero no fue así pues rápidamente pidió que le sácaramos y nos dijo que era un agobio así que decidí que sería yo quien viajara en el maletero y todos estuvieron de acuerdo por unanimidad.
Era la segunda vez que lo hacía. Viajar en un maletero. La primera vez había más espacio y podía ver el resto del coche desde dentro y no había 45ºC y el viaje duró una hora y media.
Desde el maletero escuché los gritos del que yo pensaba que era Pankeke. Gritaba guapa y gritaba morena, y gritaba niña. Y también gritó guapo un par de veces y al conductor, que llamaré Mozo, y a quien se le caló el coche un par de veces, le gritó también y se rió de él y gritó por la ventana y de repente todos descubrieron que había un coche de la policía nacional detrás y se acordaron de que había un tipo, es decir yo, es decir, un tío en el maletero y entonces Pankeke dejó de gritar. Se le ocurrió que llegado el momento en que algún coche patrulla les pidiera los permisos y les solicitara que abrieran el maletero quizá pudieran emplear un acento cubano más o menos logrado que les sirviera como distracción.
Llegamos al destino y pararon el coche y abrieron el maletero y yo salí y un tío nos miró y me miró a mí y se marchó apresuradamente procurando no volver a dirigirnos la mirada.
Caminamos hasta que Pankeke y yo decidimos ponernos a mear y yo lo hice dentro de una cabina y luego seguimos andando hasta llegar a un bar donde Venancio me ofreció invitarme a algo y yo le pedí una cerveza a pesar de que no bebo, y él me dijo que lo entendía y me la pidió y la incoherencia no importó porque tampoco voy a bares.
Nos presentaron a otro tipo y una tía y luego vi a otra que llevaba una camiseta verde y a quien no me habían presentado y me presenté yo después de preguntarle el nombre a Venancio y ofrecí un poco de birra a la chica de la camiseta verde y observé como ambas le tocaban las tetas al copiloto del coche, en realidad, el dueño del coche, un tipo a quien aún no había mencionado y a quien ambas le tocaron las tetas y a quien llamaré Bob. Ciertamente, Bob tenía tetas de putón. Les pidió que pararan porque se estaba poniendo cachondo pero ellas no pararon, al menos no pararon justo en ese momento, prefirieron esperar y continuaron un poco más y luego creo que sí pararon.
Venancio me dijo que yo era un hombre de mi tiempo cuando me senté en una butaca y entonces tras un tiempo indefinido fuimos a otro bar. El segundo bar, el nuevo bar, ya lo conocía y al llegar vi a un par de tías con un punki a quien conocía pero a quien no saludé ya que contaba con el beneficio de la droga, es decir, él la tomaba demasiado habitualmente como para acordarse de mí y yo agradecía su diligencia y entonces nos fuimos al fondo del bar y pusieron música de negros durante un buen rato y después algo bailable y Pankeke se subió sobre una pequeña tarima y nos obsequió con movimientos realmente conseguidos que me hacían envidiarle. La chica que me presentaron y que no llevaba camiseta verde y a quien llamaré Yolanda bailaba con él y luego subió la de la camiseta verde y Pankeke bailó con ella y parecía divertido y yo quería hacerlo pero no me atrevía y pensaba que me ayudaría pegarle sorbos a la cerveza de Venancio y me acordé de que yo nunca bebía pero eso no importó porque tampoco voy a bares.
Entonces subí y bailé y no tenía la habilidad ni la experiencia de Pankeke pero de vez en cuando, la tipa de la camiseta verde, a quien llamaré Paloma, por supuesto y como siempre por respeto a la intimidad ajena, sonreía ante las gilipolleces que yo era capaz de hacer y eso me bastaba para seguir haciéndolas aunque sabía, igual que lo sé ahora y que lo he sabido siempre, que el hecho de que una chica se ría contigo no implica en absoluto que le gustes, y que de hecho en según qué casos podría incluso ser al revés.
Prodigy tocaban Breathe gracias al tipo que manejaba la música del local y tuve que quitarme las gafas antes de que salieran despedidas aunque eso no me libró de que se me cayeran al suelo un poco más tarde pero no se rompieron y también bailamos Breathe y pensé que estaba haciendo el gilipollas y que necesitaba más cerveza porque la sobriedad era mi peor enemiga en ese momento y entonces terminó y empezó a sonar una canción lenta que nos invitaba a largarnos.
Estuvimos en otro bar en el que no pasó nada interesante a nadie excepto a Venancio, a quien una chica le pidió el teléfono y luego teníamos que irnos si queríamos volvernos en coche de Bob con Mozo, Pankeke, Yolanda y Julián y nos fuimos y Venancio no estaba conforme pero actuando de una manera sólo comprensible si uno maneja el concepto sociológico llamado Paradoja de Abilene, el cual postula que en situaciones críticas existe, en el pensamiento gregario, una tendencia a tomar decisiones poco satisfactorias, se unió a nosotros y nos marchamos y esperamos en una calle muy amplia a que nos avisaran para recogernos y mientras permanecíamos sentados en un banco Yolanda, Julián, Venancio y yo y después de que Yolanda criticara a mis espaldas, pensando que no la oiría, mis nociones de canto, un tipo muy borracho apareció y nos dijo que era del Cairo y que todos éramos hermanos y que se iba de juerga y no me hizo caso cuando le dije que se marchara a casa y durmiera y me dijo que su hermano le había ingresado trescientos euros este mes y yo le dije que posiblemente ya se lo había fundido todo en maría y él comenzó a cantarnos una canción y tocar las palmas y luego nos dió las manos y le dijo a Yolanda que era muy guapa y le pregunté que si alguno de los tres éramos novio suyo y Julián le dijo que los tres, y yo le dije que conmigo sólo hablaba y que con los otros dos se lo montaba y entonces el tipo se quedó perplejo y le dijo que tenía que quedarse con uno y ella le dijo que le gustaba estar con los tres y yo pensé que jamás sería novio de alguien que no apreciera mis nociones de canto, pero no dije nada, y entonces nos avisaron al móvil y pudimos largarnos dejando a nuestro hermano del Cairo con sus quehaceres nocturnos.
De nuevo al maletero en un tranquilo viaje en el que estuve a punto de quedarme dormido. Luego me abrieron el maletero y salí y me despedí y caminé quince minutos hasta llegar a casa y me di cuenta de que todo yo, incluida mi ropa y mi cuerpo, olíamos mal y a alcohol y a tabaco y me quité la ropa y no me duché porque era tarde y estaba cansado y me tomé un yogur y esperé a que se me secara el sudor y entonces me tumbé en la cama y me esforcé en no pensar en que te echaba de menos y no lo conseguí pero estaba demasiado cansado y me dormí.